La mujer maravilla

La mujer maravilla

T/ Cecilia Navesnik F/ @Courtesy press office

 Hija de padre alemán y madre italiana, vivió su infancia en el campo. Es la hermana menor de una actriz. De pasado y presente documentalista, Alice Rohrwacher se consagró en el Festival de Cannes 2014 cuando su segunda película de ficción ganó el Gran Premio del Jurado. Con realismo cálido y tono contemplativo, sus films hablan de las tradiciones, el mundo contemporáneo y la magia de la vida cotidiana.
 Todo empieza en la oscuridad. Primero los ruidos del entorno, el tráfico de una autopista. A lo lejos aparecen los faroles de unos autos. Se descubren texturas, contornos, figuras; los vemos a contraluz. Algunas personas caminan con linternas. Susurran. Otras cantan. Escuchamos sus pasos sobre el suelo de tierra. Alguien avisa que llegaron al lugar indicado, otro descarga una gran marioneta, un tercero pregunta qué hay que hacer. “Orar”, le responden. Así arranca Corpo celeste, su ópera prima. Luego de los títulos iniciales ya amaneció. Con un fondo de pósters de candidatos y megáfonos escupiendo propaganda política, la procesión deviene fiesta religiosa.
En su segundo film, Le meraviglie, también hay oscuridad al principio. Las luces lejanas de unas camionetas avanzan por un camino sinuoso. Durante un rato parecen luciérnagas. Cuando se detienen, hombres vestidos como militares bajan armados con perros y escopetas. Empiezan a escucharse los ladridos. También tienen linternas. Con ellas recorren el terreno, están en el campo. Alguien señala una casa: “¿No la habías visto nunca? Siempre estuvo ahí”. Los fulgores pintan fragmentos de una fachada algo derruida. Las luces se cuelan por las ventanas, nosotros también. Adentro hay niños durmiendo.
Alice Rohrwacher cree que de la crisis pueden nacer cosas muy valiosas. A juzgar por sus dos películas, de la oscuridad también.


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F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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