CUENTO /  El vestido nuevo

CUENTO / El vestido nuevo

T/ Virignia Woolf (Gentileza de Ediciones Godot)

Mabel tuvo la primera sospecha seria de que algo no iba bien al quitarse la capa; y la señora Barnet, al alcanzarle el espejo y tomar los cepillos, llamó su atención -un tanto exageradamente tal vez- sobre la ropa en la mesa y todos los artefactos para arreglar el cabello, cuidar el cutis y la ropa, que yacían sobre el tocador, confirmando así la sospecha de que algo no iba bien, nada bien; y la sospecha aumentaba mientras subía las escaleras y se arrebataba sobre Clarissa Dalloway; y después de saludarla, corrió hacia el fondo de la habitación, donde en un rincón oscuro colgaba un espejo, y se miró. ¡No! No estaba bien. Y de inmediato, la tristeza que siempre intentaba ocultar, esa profunda insatisfacción -la sensación de inferioridad que siempre, desde niña, había sentido frente a las otras personas- se fue apoderando de ella, implacable, sin piedad, con una intensidad de la que no podía librarse leyendo a Borrow o Scott como lo hacía en su casa al despertarse por las noches; porque estos hombres, estas mujeres, todos pensaban: “¿Qué se ha puesto Mabel? ¡Qué mal se ve! ¡Qué espantoso vestido!”, pestañeando de prisa y entrecerrando los ojos. La deprimía su total incompetencia, su cobardía; su sangre fría. Y de inmediato, toda la habitación, donde durante horas había planeado con el modisto cómo sería, se veía sórdida, repulsiva. Y su sala de estar tan fea; y ella misma, que salió de su casa orgullosa, y antes de hacerlo tomó las cartas sobre la mesa del hall y dijo: “¡qué aburrido!” para presumir. Todo eso le parecía ahora tan estúpido, tan mediocre. Todo eso se destruyó, voló por los aires en el momento en que entró en la sala de estar de la señora Dalloway.  

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T/ Guchy Fernandez
F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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