DETRÁS: ALEJANDRA PIZARNIK / Enfant terrible

T/ Agustina Fernandez I/ Celina Hilbert F/ Gentileza de Sara Facio

 La historia de la poetisa argentina que hizo el cuerpo del poema con su cuerpo es oscura y no tiene un final feliz. Dedicó su corta vida a la escritura, cual meta divina, y nunca pudo librarse de su genio, de su fealdad ni de la angustia que le provocaba vivir. Mientras, creó una obra maravillosa y construyó un personaje apasionante, repleto de atracciones y carisma, que supo ganarse el amor de muchos y la mirada de todos.
 Por segura que sea la muerte,
no nos consuela de estar vivos,
como no nos consuela la vida,
por vivos que estemos,
de la muerte.
Silvina Ocampo, Ejércitos de la oscuridad

Ser fea es agotador. Hoy y siempre, seamos sinceros. Y Alejandra Pizarnik lo supo desde la adolescencia, cuando tomó conciencia de que los granos, la baja estatura, los kilos de más y las facciones toscas le complicarían la vida. Entonces construyó un circo entre su cuerpo y el mundo, miles de atracciones que mediarían –y distraerían– a sus espectadores: un look transgresor, un discurso hilarante, una manera de hablar única, una actitud rebelde, desafiante, provocadora, sexy y ordinaria, snob y carismática. Por supuesto, su relación con la fealdad fue mutando, pero es cierto que convivir con esa verdad le costó mucho y fue –a la vez y tal vez– el motor para llevar hasta el límite la brillantez con la que también nació. Hasta que no pudo más.
Sostener la genialidad también es difícil. A eso sumémosle la oscuridad, la vulnerabilidad, los amores nunca correspondidos, la adicción, la autoexigencia y aquella pulsión que la acompañó toda su vida: la muerte.
Alejandra Pizarnik es una de las poetisas fundamentales, no solo de la Argentina, sino también del mundo. Su obra, de un estilo personalísimo, la consagró en vida y le brindó la aprobación más valiosa, la de sus colegas, como Julio Cortázar, Olga Orozco, Silvina y Victoria Ocampo y Mujica Láinez, entre otros tantos que la adoraban.
La historia de esta mujer es trágica y no encaja en los parámetros del exitismo ‘pum para arriba’ de esta época. Quizá por eso su nombre no sea tan popular, más allá del pequeño mundo de la poesía. Y a este –posible– motivo se le pueden sumar otros tantos, como su origen de clase media aburguesada que le significó una ardua lucha por pertenecer a los círculos de holgados escritores que podían dedicarse solo a escribir; o su condición de marginal, que se manifestaba en su bisexualidad, su estilo transgresor y su lectura de autores que no figuraban en las listas de lo que “había que leer”; todas razones políticamente incorrectas para aquellos años que le tocó vivir.
Pizarnik no fue glamorosa, bella ni elegante; su vida no constituye un ejemplo de cómo salir adelante y es en vano decir que su historia fue conmovedora. Pero hay algo en su mirada, en sus poemas, en su oscuridad y en la complejidad de su pensamiento que nos llama la atención, que nos tienta a conocerla y nos mueve a incluirla en Gata Flora.
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Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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