Entrevista: Jessica Trosman / Volver al barrio

T/ Agustina Fernandez F/ Gisela Filc

 Es una de las diseñadoras de indumentaria más exitosas de la Argentina. Su ropa se vende en el mundo y su mejor mercado es Japón. Diseñó textiles para Chanel y Rick Owens. Jessica Trosman siguió el consejo de su padre y construyó un gran negocio sobre la base de aquello que le dio todo: la moda. Hoy, ese camino que la llevó a expandirse, la trae de vuelta a sus orígenes, al barrio de cuando era chica, donde instaló la factoría de JT, su tercera marca. Y está feliz porque allí entra el sol que tanto le gusta ver, porque esa es su verdad, lo que le resulta más genuino.
 “Este galpón era de mi papá. Tenía negocios de repuestos en Warnes. Todas mis empresas fueron acá, Trosman-Churba, Trosman y ahora JT. Antes fue más un lugar físico donde hacíamos las muestras, donde teníamos la empresa. Pero cuando tuve que armar JT quisimos generar otro polo. Estábamos hartos de Palermo. Nos divertía arriesgarnos y armarlo acá. La verdad es re genuino. Toda mi vida fui de acá”, dice Jessica Trosman sentada en una de las pocas mesas de Yeite, café y restaurant de Pamela Villar que está pegado a su tienda y desde donde se puede acceder directamente al universo de la diseñadora argentina.
En la cancha de Atlanta, frente a JT, hay partido. Por eso la calle está cortada al paso de los autos. Allí comienza Humboldt, entre Villa Crespo y Paternal. En plena zona de talleres mecánicos, una gran cortina de chapa negra ostenta un enorme puño cerrado (los dedos repletos de anillos, la muñeca de pulseras. Una dice “Jessica”). Es la mano de una mujer que parece golpear una puerta. Pero también es el símbolo del girl power. “No to be understood”, dice. Desde la puerta, todo habla de JT: una mujer independiente y fuerte, que siempre quiso jugar en las grandes ligas pero que no por ello se ha rendido a los mandatos del fashion mainstream.
“A mi me re van los contrastes en la vida. Me re va que esté lleno de talleres mecánicos alrededor. Me sofocan las cosas cerradas, y acá es bajo, está abierto, se ve todo. La gente cuando viene me ve a mi trabajando. También tenemos un laboratorio textil en el fondo, donde hacemos telas. Y arriba, la parte comercial. A mi me encanta laburar acá. Vengo temprano, dejo a Rosa (su hija) en el Liceo Francés y vengo”, explica.
En el 2010 Jessica vendió la marca que lleva su apellido, la que está en los shoppings, y decidió volver a los negocios a la calle.

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T/ Guchy Fernandez
F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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