Entrevista: Selva Almada

Entrevista: Selva Almada

T/ Laura Cedeira F/ Agustina Fernandez

La mirada almada

Sin alardes, ni pretensiones, Selva Almada tiene la mirada puesta en lo que la representa, tanto para leer como para escribir. Antagónica de la escritora esnob, ella en tres o cuatro párrafos te cuenta con palabras simples una historia profunda y sutil. "La mirada se puede pulir, se puede perfeccionar, pero no se enseña", dice.

"Cuando escribís, solamente tenés que pensar en escribir, la cosa es entre vos y ese universo, esos personajes. Los de afuera (lectores, editores, críticos) son de palo", dice la entrerriana Selva Almada. Simple, como hablan sus personajes, entre los que asegura que nunca hay intelectuales. Pero también profunda, como sus temas (a ella le gusta decir, mejor, "cosas recurrentes"): las relaciones familiares rotas o "medio descuajeringadas" y el mundo del trabajo manual.
A la hora de hablar de su obra, son lugares comunes 'el imaginario rural', 'las voces provincianas y marginales', 'el realismo o el hiperrealismo' y 'la expresión coloquial'. Sin embargo, a estos atributos se les suele sumar, a modo de contraparte -y quizá allí radica su talento- el 'lenguaje elegante', 'preciso' o el 'estilo poético'.
Es autora de El desapego es una forma de querernos (2015), Chicas muertas (2014), finalista del Premio Rodolfo Walsh; Ladrilleros (2013), finalista del Premio Tigre Juan, El viento que arrasa (2012), que tuvo varias reediciones en la Argentina; Una chica de provincia (2007), Niños (2005) y Mal de muñecas (2003).
Sus novelas fueron traducidas al francés, el italiano, el portugués, el alemán, el sueco, y el holandés. Selva codirige el ciclo de lecturas Carne Argentina. Además, a fines de 2017 publicó El mono en el remolino, notas de rodaje de Zama, la última película de Lucrecia Martel.
Elegida maestra de la novela y una de las voces ineludibles de la literatura argentina contemporánea, Selva sigue disfrutando de sentarse a escribir y dejarse llevar a donde las letras la empujan.

(SIGUE EN LA REVISTA)

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F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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