Los desvelos de Cupido

Los desvelos de Cupido

T/ Fiona Davis I/ Bu Lago Millán

 De las cartas a los mensajes de texto, el lenguaje de Afrodita ha sufrido innumerables trasformaciones. Y para indagar en este proceso –que sigue andando– nada como revisar un libro icónico en cuestiones del corazón: Fragmentos de un discurso amoroso, del semiólogo Roland Barthes, publicado originalmente en 1977 y reeditado recientemente, con amor.
 “¿Los e-mails son versiones actualizadas de las antiguas cartas que se escribían a mano con primorosa caligrafía y encapsulados sobres lacrados que atravesaban extensas geografías? Y los blogs, ¿podría decirse que son meros upgrades de los antiguos diarios íntimos? (…) Del mismo modo, los fotologs serían parientes cercanos de los antiguos álbumes de retratos familiares. (…) Con respecto a los diálogos tipeados en los diversos messengers con atención fluctuante y ritmo espasmódico, ¿en qué medida renuevan, resucitan o le dan el tiro de gracia a las viejas artes de la conversación?”.

“Durante un largo tiempo había sexo con amor (y se decía ‘hacer el amor’) y sexo sin él (y se decía ‘coger’). Hoy, esta distinción aparentemente moral se ha diluido y, como todo es un poco lo mismo, se usa una sola palabra: ‘Estar’. Allí sucede el refriegue de los cuerpos, en una palabra higiénica y deserotizada”.

Violeta está updateando su blog cuando un ícono le anuncia en la pantalla que tiene un nuevo mail. El mouse se posa en la bandeja de entrada y descubre una invitación al grupo de fanáticos de una banda de rock de la que ella también es fan. Acepta, obvio. Y tres horas después está chateando con un nuevo amigo de su flamante Yo amo a…. Hay onda, hablan de todo, conectan a full. Entonces se decide a darle su celular, no sin antes chequear su foto en Facebook y sus comentarios y amigos, por las dudas. Al día siguiente se mandan mensajes de texto: “Tns q comp el nvo CD y Ta ok. Lo vi x YTube”. Y quedan en verse.
Por webcam, Violeta le muestra a una amiga la remera que eligió para ese día. “Es raro verse”, piensa, y no sabe si tener la misma sinceridad y osadía. Pero se encuentran. Al principio es incómodo, después todo bien. La mejor. Y a la tercera salida su mamá le pregunta si tiene novio. “Cualquiera, vieja. Somos amigos y ya”. Aun así, Violeta se pregunta si tener un novio en el mundo virtual de SecondLife querrá decir que le está metiendo los cuernos.
Un día él baja al kiosco y se olvida el celu. Ella le revisa los mensajes de texto y encuentra uno de su ex. Se enoja mucho. Llora y le dice mentiroso. El le contesta histérica y se va. Los dos se bloquean en el messenger.
Al día siguiente, Violeta está en un chat público y un pibe le tira toda la onda. A ella le divierte su Fotolog. Capaz salen.
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T/ Guchy Fernandez
F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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