Marta Minujín / Arte, arte, arte?

T/ Agustina Fernandez F/ Sol Levinas I/ Celina Hilbert

 Es el paradigma del artista de los años sesenta y setenta, época en la que vivió entre París, Nueva York y Buenos Aires. Sobrevivió a la tragedia familiar, al desenfreno, al ‘paz y amor’, al Di Tella, a la dictadura, al suicidio y al aburrimiento. Todo, gracias al arte.
 “Todos los días tengo una angustia espantosa a la mañana, por vivir nada más. Primero dije que me iba a suicidar a los 20, después a los 30, después a los 40, hasta que ya no lo dije más porque me parece una pena no hacer todo lo que tengo que hacer en arte. Vivir me cuesta muchísimo, aunque me divierta y haga divertir. Pero es la angustia existencial, tener que ser eso que tenés que ser, como una misión de descolocar a la gente con las cosas que hago. (…) Somos gente angustiada los artistas. Solamente el que tenga un ego muy grande puede salvarse. Es el ego lo que va solidificando. Por ejemplo, siempre pienso que soy genia, que nadie es mejor”.

“Soportar ser linda es como soportar ser rebelde o artista. Por eso es mejor tener un auto-ego. Voy a ver exposiciones, veo lo que está pasando afuera, pero después saco de adentro lo que tengo. Y de ahí viene mi versatilidad, primero hago los colchones y con lo que sobra de los colchones te hago otra obra, después hago los vidrios… no paro. Quiero sacar lo que tengo adentro”.

“Seré un genio, y el mundo me admirará.
Quizá seré despreciado e incomprendido, pero seré un genio,
un gran genio, porque estoy seguro de ello”
Salvador Dalí
“Lo más interesante de mi vida es mi arte, lo único que me iba a salvar de la presión familiar. Mi padre era médico, medio loco porque mi hermano -9 años más grande que yo- se murió de leucemia a los 21. Mi madre era católica y lloraba arriba de la cama, donde tenía las cenizas. Una cosa horrible. Le hicieron una especie de templo de locura. Así fue toda mi infancia y mi adolescencia, las más trágicas que pudieron haber existido. Después fuimos a vivir a la Patagonia y me fui de mi casa. Ahí empecé a tener éxito, a vivir en arte y a ser feliz. Primero era existencialista y me quería suicidar, pero después, en París, cambié y me hice pop. Esa fue la parte más feliz de mi vida. Pero ¿sabés qué me dio la felicidad? Mi trabajo: el arte. Todo, los amigos, los viajes, los premios, la plata...”.
Con ustedes, Marta Minujín.
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T/ Guchy Fernandez
F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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