Sofia Coppola / La eterna adolescente

Sofia Coppola / La eterna adolescente

T/ Agustina Fernandez I/ Celina Hilbert

A pesar de ser una directora de cine consagrada, productora, guionista, actriz y diseñadora de vestuario, la multipremiada neoyorquina siempre será presentada como “la hija de Francis Ford Coppola”. Consciente de su portación de apellido, Sofia siempre luchó por estar a la altura de las circunstancias. Y si bien ha desilusionado a varios, su cine de culto merece reivindicación.  
  “Hay quienes dicen que la obra de Sofia Coppola se trata de una trilogía, en la que todo gira alrededor del despertar sexual de las mujeres jóvenes. Y ella misma reconoce una conexión en la temática de sus películas, aunque cree que tienen que ver con una evolución. Lux, de Las vírgenes; Charlotte, de Perdidos; y María Antonieta son tres mujeres distintas, pero podrían conformar tres etapas del crecimiento de una”.

A Sofia Carmina Coppola la vimos crecer. Fuimos –y somos– espectadores de su vida. La de esta adolescente conflictiva, difícil, rara, que posó desnuda en la tapa de un disco y no tenía credibilidad como actriz, hasta la de esta mujer de camisa azul a lunares blancos –o vestido Jackie negro, siempre de negro–, pelo carré con raya al costado, cara cubista sin maquillaje, simple, fina, clásica, madre y directora consagrada. Incluso sabemos qué sintió en varias situaciones y hasta conocemos algo de su mundo interior porque lo vimos en sus películas.
Como quien no habla de lo que no sabe, Sofia solo ha dirigido una trilogía de películas que constituyen tres historias separadas pero que pueden unirse en la evolución de una temática: convertirse en mujer. Y quizás allí resida la sabiduría de la que habla su nombre, ése con el que la bautizó su padre, el gran director de cine Francis Ford Coppola.
Inexorable, Sofia tiene el estigma del “hijo de”. Y como todos aquellos que vinieron al mundo para perpetrar el espíritu de un grande, carga con las controversias que su apellido implica. Así sufre las críticas de quienes -en su afán por no caer en la adulación- la destruyen, o de aquellos que la miden no con otro vara, sino con una lupa (como cuando la abuchearon en Cannes luego del estreno de María Antonieta. La reina adolescente. Ni hablar de la familiaridad que han adquirido los Coppola con el nepotismo en los medios). Pero lo cierto es que en todos los casos, desde los que hablan maravillas de su obra hasta los que la detestan, habita la certeza de un don en la sangre. Porque lo innegable es que, como el hijo del zapatero sabe restaurar una suela, Sofia entiende cómo, dónde y con quién se hace una película.
Aquí, entonces, le daremos a Sofia Coppola el lugar que creemos que se merece. Porque es creativa, sensible, arriesgada, interesante y cool; porque nos identificamos con sus películas, que nos parecen de un arte adorable, y sobre todo porque vemos en ella un ejemplo más que contundente de alguien que cabalga, más allá de los ladridos. Tal vez caigamos en el grupo de los aduladores, no importa, preferimos este bando al de los tiranos, que bajan y suben el dedito sentados en el sillón de su casa.
Directora, productora, guionista, actriz y diseñadora de vestuario, vaya aquí la historia de alguien que es mucho más que una hija pródiga con aires de eterna adolescente
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F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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