Virginia Woolf / Outsider

T/ Agustina Fernandez I/ Sofía Noceti F/ Gentileza de The National Portrait Gallery, Londres

Fue criada en la moral victoriana, que indicaba que las mujeres no eran dignas de una educación formal, ni del voto o de cualquier otro interés que excediera los límites de la propiedad privada. Sin embargo, algo que comenzó sintiendo como una disconformidad respecto de ciertas reglas de su familia, se expandió a una osada crítica de su clase social hasta llegar a convertirse en un poderoso discurso que arremetió con todos los tabúes, no sólo de su época, incluso de la nuestra: feminismo, homosexualidad, suicidio, locura, abuso... Virginia Woolf pasó a la historia por su inédito modo de escribir, que pronto dio en llamarse Modernismo Literario. Su obra es como un vuelo turbulento, con destino incierto, donde la muerte está siempre presente y, por momentos, la conciencia toma la palabra porque la voz no tiene la fuerza suficiente. Se abre aquí una ventana a la vida de una outsider, que soñó para nosotras un sistema fundado sobre la igualdad, la libertad y la paz.  
 Virginia Woolf vivió de 1882 hasta 1941, tenía cincuenta y nueve años cuando se suicidó. “No puedo escribir. He perdido el arte”, “No puedo leer”, fueron algunas de las últimas frases que escribió para justificar su ida, en cartas y en su diario. Ocurre que sin eso, ya no podía seguir. Fueron las palabras las que la mantuvieron viva, ese mecanismo de “observar perpetuamente” (usaba la frase de Henry James) para luego, tamizado por la brillantez de su mirada, volcarlo en una prosa de absoluta vanguardia: escribía libremente y con una voluntad asombrosa, a pesar de la época en la que tocó vivir y de los tormentos de una enfermedad psíquica que la acompañó siempre.
Como ella se hubiera sumado al hashtag #niunamenos, nos apropiamos de su idea del cuarto propio para el relanzamiento de Gata Flora. Y, ahora, les acercamos su imagen, algo de su vida y de su obra porque creemos, ante todo, en su vigencia y en lo valioso que resulta su nombre para las mujeres. A quienes no la conocen, se las presentamos, quizá ésta sea una ventana a un universo maravilloso, o no. Lo cierto es que desde este lado sentimos que Virginia Woolf merece ser presentada a cada generación. Luego, cada una hará con ella lo que le surja.
Como todas las protagonistas de nuestras tapas, Woolf es una outsider más. Sin embargo, ¿por qué la titulamos así a ella, por primera vez? Las razones son varias: en principio, porque solía reconocerse como tal, aunque no siempre de un modo directo ni con orgullo; luego, porque escribía como nadie lo había hecho hasta entonces, “en la sabia alternancia del estilo indirecto libre y del monólogo interior y en una alianza de ambos métodos narrativos”, según afirmó Mario Vargas Llosa sobre su “maestría” en un prólogo de La señora Dalloway; por su apuesta a una inteligencia ni masculina ni femenina, “andrógina”; por la ambigüedad de su sexualidad, algo que no ha dejado caratulado y por lo que se la asocia a lo queer; y, finalmente, por su ideología, su discurso y su estilo de vida, ubicados por fuera de los límites establecidos por la moral victoriana en la que fue educada.
Además, sobre su condición de outsider es interesante la aclaración y el aporte de su biógrafa argentina, Irene Chikiar Bauer, autora de Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus): “Despreciar a los críticos, esas ‘pobres viejas prostitutas’, era más sencillo que sentir que sus propios amigos le hacían ‘el vacío’. Y si bien tenía la sensación de que, comparada con la de otros escritores, su reputación era ‘ambigua’, Virginia consideraba que ser una outsider, hacer su trabajo ‘contra la pared’, escribir a ‘contracorriente’ ‘en cierto modo (significaba) un alivio’. Era muy propio de ella identificarse a sí misma con una outsider, categoría ambigua que se problematiza si pensamos que, dado que pertenecía a la burguesía, tenía rentas y hasta su propia imprenta donde expresar sus opiniones e influir sobre la opinión pública, su posicionamiento social e intelectual distaba mucho de ser marginal o periférico. En todo caso, es interesante señalar que siempre sería una outsider si tomaba como parámetro de exclusión la educación universitaria que le había sido negada; por ello, desde una perspectiva biográfica, muchas de sus obras, especialmente Un cuarto propio y Tres guineas, podrían entenderse como reivindicaciones que expresaban un resentimiento nunca del todo superado”.

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T/ Guchy Fernandez
F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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