Yo, etcétera

Yo, etcétera

T/ Leticia Rivas I/ Ana Willimburgh

 La primera persona parece estar de moda. La nueva guardia de la literatura, los blogs y hasta el teatro lo demuestran. Están los que la consideran pretenciosa y, en contra, los que aseguran que es una instancia benéfica y superadora. Pero más allá de las opiniones, lo cierto es que asistimos a una transformación en los hábitos de lectura y escritura. Aquí, todas las voces, todas.
 “Aunque las voces de resistencia abunden, lo cierto es que el relato íntimo, antes relevante solo si su autor era alguien autorizado, hoy es un boom. No es casual que todos los diarios y revistas masivas tengan, en la versión digital, a sus bloggers contando los avatares del día a día”.

“Abandoné la pedagogía por timidez, que fue paradójicamente lo que me permitió ser relativamente exitoso en ese rubro. Porque soy tímido, cada clase que tuve que dar en mi vida me provocaba un pánico escénico que ni los mejores terapeutas consiguieron aplacar. Por supuesto, para que no se notara el terror, mis clases siempre fueron ‘un poco’ sobreactuadas”. Cualquiera que lea estas líneas –que pertenecen a la novela Monserrat– y conozca, al menos mínimamente, al escritor Daniel Link, estará tentado de identificar al narrador de la historia con su autor. Y si bien antes de comenzar somos advertidos de que “cualquier semejanza con la realidad es mera homonimia o coincidencia”, en seguida nos veremos atrapados por el relato pormenorizado –repleto de datos autobiográficos– de los días y de las noches del profesor protagonista. Realidad y ficción se amalgaman y conducen a una historia encantadora que, sin dejar de pertenecer a la literatura, posee marcas del medio que la vio nacer: el blog.
Pero Monserrat, y la novela en general, son solo ejemplos de una tendencia cultural a la que asistimos por estos días. Se trata de exponerse, de contarlo todo con carácter autobiográfico: diarios íntimos publicados en blogs, obras de teatro personalísimas, fotos de la vida privada subidas al facebook, relatos en primera persona que priorizan la opinión sobre el hecho... Parece que el yo se puso de moda.
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T/ Guchy Fernandez
F/ Gentileza de Penguin Random House


Banda de sonido recomendada para leer esta nota: Brahms (Silvina amaba sus Liebeslieder Waltzes). También le gustaban: Bessie Smith, Tina Turner, Gardel, Piazzola, Schumann y Chopin (así que si quieren pueden ir mechando).



Confesó que se sentía “el etcétera de la familia”. Ocurre que era la menor de seis hermanas, Victoria Ocampo a la cabeza. Y así como la mayor fue todo lo que estaba bien, Silvina, que también encontró su lugar en la escritura, se ubicó en los márgenes, en el cuarto de planchado, arriba del cedro de su mansión de verano donde esperaba a los mendigos para darles leche con nata, siempre en la sombra. Pero aquí no vamos a poner a Silvina en ese lugar en el que la mayoría la pone: el de la pobre desplazada contra su voluntad, opacada por su hermana y su gran amor, Adolfo Bioy Casares, incluso también por su amigo Borges. Ocurre que ella se sentía cómoda en la sombra, “soy íntima”, decía. Se escondía de la gente tras sus icónicos anteojos de marco blanco y vidrio templado o se tapaba la cara paras las fotos. No le gustaban las entrevistas, las fiestas, los homenajes, no hacía relaciones para beneficiarse, más bien al contrario: era ella la que beneficiaba a los demás con su mirada, su humanidad y sus excentricidades. Construyó una obra tan genuina como ella misma, que te seduce, te atrapa y te lleva a ese lugar oscuro que tanto disfrutaba.

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